la loca que no entra en su casa

 
        cuando tenga 80 años y sea una vieja gruñona presumiblemente rolliza y más que probable soltera, y llegue al portal, los niños de la calle entonarán la coplilla que le da fama:
 
   ea, que ea, que de miedo se mea
        no entra en su casa, porque le espanta
 
       aún haciendo el esfuerzo que sus gastadas rodillas le permitan, la presencia del bicho le dejará paralizada y al darse media vuelta, los niños de la calle se burlarán de ella porque le toman por loca.
 
       su mente confusa no atenderá a distinguir entre bichos minúsculos y bichos pequeñuelos, por lo que la emprenderá con animales y personas blandiendo su bastón e intentando arrojar las revistas viejas que deja en el portal. tampoco recordará aquellas anécdotas divertidas de su vida de antaño cuando fue la muchacha más alegre de la calle, aquella que canturreaba en la azotea, aquella que destilaba simpatía.
 
       aquella que recordaba tal día de julio como hoy, cuando observando la cucaracha gorda y parda, esperaba que se fuera para entrar en la casa. aquella muchachita antojadiza y risueña esperaba toparse con los muchachos argentinos. pero no tuvo suerte y sin embargo dos hombres mayores la sacaron del aprieto.
 
      qué fácil le resulta al hombre pisotear lo minúsculo, lo escasamente perceptible. como mueren los recuerdos cuando son apisonados.
       

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