España no es republicana

 
      No podemos acudir a un régimen político para suplir a otro a modo de parche. Si en épocas pasadas de nuestra historia accedimos a la República como un último recurso, un as de la manga sacado en el último minuto de la jugada, un gesto orgulloso de la derecha para contentar a la izquierda, una jugarreta maliciosa del que espera con los brazos cruzados a ver cómo se cae uno que tambaleándose se caerá; debemos plantearnos con seriedad y madurez cívica qué régimen político queremos en nuestro país. Se trataría, una vez más de una fecha histórica, pero no devenida por azar ni acogida con sorpresa, sino preparada con la antelación necesaria para asumir el nuevo régimen político que querríamos tener.
      ¿Quiénes han sido los republicanos en este país? y sobre todo, ¿de qué modo tan particularísimo (y deficiente) ha arribado a España la defensa de un régimen presidencialista democrático que se opone a la figura rancia y de prerrogativas como es la Monarquía? Por todos es sabido que la Historia Contemporánea de españa contempla 2 etapas de República con un intervalo de 57 años entre ambas.
      La I República se encuadra en lo que llamamos el Sexenio Democrático que es uno de los períodos más enmarañados que ha habido (¡y nos quejamos de ahora!). Un movimiento en exceso minoritario de escaso calado popular fue llamado a gobernar ante el fracaso de una revolución, un gobierno provisional que elabora la primera Constitución democrática (1869) y una monarquía postiza y foránea que inventamos para responder al artículo de la propia constitución: España es una monarquía, etc, etc. Los republicanos de entonces por la dicha que le embargaba no dieron la talla de políticos y estadistas que se les instaba sino que se enzarzaron en dsicusiones ideológicas y programáticas para definir su republicanismo. Ésto es: qué república querían, si un modelo federalista o centralizador. La I República duró de 1873 a 1874.

      La II República nos convirtió en republicanos nuevamente sin aviso y a expensas del madrugador alcalde de Eibar. Tras la propuesta de Alfonso XIII de retomar el modelo constitucionalista anterior a la Dictadura de Primo de Rivera, las fuerzas políticas del país en un consenso (incluía a monárquicos que se diferenciaban de meros alfonsinos) que atisbamos similar al de la Transición firmaron el Pacto de San Sebastián en el verano de 1930 cuyo propósito (fue un pacto que no legó documento escrito alguno) era sentar las bases de un modelo republicano que incluyera modelos de estatutos para Catauña. Sí quedó fijado un comité (presidido por Alcalá-Zamora y cuya composición veremos en el gobierno provisional de la II República) que mantuvo contactos con fuerzas militares para un posible golpe en diciembre. En las elecciones municipales de 12 de abril de 1931, las fuerzas republicanas lograron victorias significativas en Madrid, Barcelona y algunas otras ciudades de calibre. Desde el punto de vista cuantitativo las elecciones fueron ganadas por la derecha que barrían en ámbitos rurales. Fue la decisión de Alfonos XIII de exiliarse la que disparó la euforia con que fue acogida esta república.

 
      La II República llegó en uno de los contextos históricos más aciagos que haya habido. Las dimensiones de la acogida que tuvo, son directamente proporcionales al resabio que dejó. No funcionó porque no le dejaron espacio de maniobras y porque la población española no se encontraba preparada para tal cambio.
    
      El desgraciado final de la II República que duró de 1931 a 1936 ha marcado indeleblemente no sólo nuestra historia, sino nuestra forma de concebir política e inlcuso nuestro carácter.
 
      Hoy día bajo el grito de ¡Viva la III República! se esconden viejos anhelos, ideas utópicas y ensoñaciones trasnochadas acompasadas al ritmo del himno de Riego y enarbolando la tricolor. Los símbolos son eso: meros signos fetiches a los que nos aferramos en demasía.
 
 
      Existe un recurso absolutamente legítimo y que si miramos en la Historia reciente, por su empleo y resultado, debe considerarse el más idóneo. No es otro que el Referéndum. Personalmente, siempre remito al ejemplo de los italianos en 1946 (aunque una voz que esté al quite me interrumpirá aludiendo que nuestros vecinos del Mediterráneo son de los pueblos más inestables políticamente) quienes ante el recelo que despertaba la reinstauración de los Saboya tras la Segunda Guerra Mundia, quisieron autodotarse de una consulta popular que decidiera el régimen político que tendrían a partir de esa nueva etapa que se les abría. Ése Referéndum constituía el pilar imprescindible en cuanto a necesario para ese futuro que se les abría y debía ser la premisa a la nueva Constitución que establecería el ordenamiento jurídico de ese país.
      Lástima que nos saltarámos ese paso en 1975. En vísperas de las elecciones de junio de 1977 con un Rey elegido a dedo por el anterior dictador (¿hay algo más vergonzoso? por mucho que se defienda la salvedad del perjurio que cometío en el discurso del 22 de noviembre de 1975).
      Entonces el pueblo debería haber demandado un reférendum.
      Aún estamos a tiempo. No es necesario que un político vasco critique al Rey en unas declaraciones más propias de un programa de cotilleos. tampoco hace falta montar debates de mesa camilla en la tele para "cuestionar" la quema de banderas en Cataluña. Seamos serios y maduros políticamente. Alcancemos nuestra mayoría de edad definitiva y decidamos qué queremos por nosotros mismos. Aunque mi pesimismo habitual me recuerde que en este país hay un fenómeno llamado juancarlismo (yo diría que hasta sofismo y leticista) arraigado en el pueblo y que nuestra enraizada dualidad nos hará difícil (que no imposible) una conciliación de posturas.
     Porque señores, yo soy republicana y confieso sin soflama que lamentaría un referendum sí a la Monarquía.
 

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