La no-pensión

 
 Tuve suerte de encontrar hasta 3 pensiones con habitaciones libres para el fin de semana de Carnaval. Me decanté por San Jerónimo por encontrarse en la Parte Antigua y porque estaba bien de precio. No era la más barata, porque la habitación costaba lo mismo que en otras. Pero me gustaba el sitio.

 Como ya he contado, no tuve grandes dificultades para dar con ella. En la misma calle se encuentran media docenas de pensiones y ésta que coge nombre de la calle se encontraba al final de la misma. Pero no tenía rótulo en el balcón, sólo en el porterillo.

 Me recibió una señora de mediana edad con el tinte rojo que ni yo me pondría con 20 años y con voz jovial y cantarina me dijo que me esperaba a las 7 como yo misma le había dicho y no a las 6 de la tarde, como llego. No le eché mucha cuenta porque vi un baño en el vestíbulo y como llevaba aguantando, le pedí entrar.

 Al salir me dice atropelladamente que la pensión está completa y sin darle tiempo a mi abotargado cerebro de reaccionar, me dice que en casos así, ellos tienen una habitación en su casa. Fugazmente pasa por mi cabeza el rechazo telefónico que hice de hospedarme en casas pero la señora me apremia a salir porque su casa está ahí mismo. Y yo opto por querer parececerme a esa chiquita que sale en los documentales que recorre el mundo ella sola (y con el cámara y un equipo técnico al completo) y se hospeda en casas y habla con toda clase lugareños.

 Así que salimos a la calle y efectivamente, la casa está al lado pues sólo doblamos una esquina con Fermín Calbetón. Nos adentramos en un lúgubre portal con olor a meao de gato y eso basta para enfurruñarme y decirme que esas cosas sólo me pasan a mí. Subimos por una escalera de madera que me transporta en el tiempo y me digo "¿y si estuviéramos en 1920 y yo me hospedo en una casa así porque he salido de mi ciudad para estudiar o para trabajar?". En el segundo tramo la escalera se inclina lastimosamente y me digo que debo hacerle una foto.

 Llegamos a la casa y nada más entrar reparo en que es una casa-casa. Que no le falta un detalle con las paredes color salmón y objetos de adorno. La señora me endosa dos tarjetas de visita: de la pensión (que es de su hijo) y de la casa. La ha sacado de un cajón donde veo propaganda política, ¡ajá!. Ya no escucho lo que me dice la mujer sino que por mi cabeza pasa un diálgo imaginario: ¿es usted peneuvista, qué piensa del plan Ibarretxe, asistió usted a la manifestación de adhesión al anterior Lehendakari Ardanza? Uhmm ….

 Llegamos a la habitación que es grande y tiene dos camas. Una está a medio hacer y hay unas botas de montaña en el suelo. Me dice que aquí duerme su sobrina pero que la cama mía está hecha y que si quiere cambia las sábanas de la otra cama. Le digo que prefiero no dormir al lado del balón. Es bonito, con la celosía y estamos en el 2º piso. Reparo en que hay una tele y la señora se despide apresuradamente. Yo le digo, procurando ser lo más sincera posible, que me da reparos molestar y ella dice que no, que me sienta como en casa. Me enseña el baño que sólo usaré yo pues al lado está el baño de la casa y me dice que esté tranquila, que no hay nadie en la casa.

 – Hasta puedes ducharte con la puerta abierta.

 Nadie diría que sus palabras acabaran siendo premonitorias.

 – Sólo te pido que no eches agua al suelo.

 – Claro, no se preocupe -que yo soy experta en encharcar el baño de mi keli- yo soy muy cuidadosa en eso.

 Me da un juego de llaves: de la habitación, de la casa y del portal. Entramos de nuevo en la habitación, recoge las botas y se marcha apresuradamente por el pasillo. De repente se oye un clic. Yo grito ¡señora!, como el gag de Miki Nadal y nadie me contesta. No me puedo creer que esta señora que no me conoce de nada deje su casa en manos de uan extraña. ¡Con lo curiosa que soy yo! Tengo gustos extraños de querer saber de la vida de los demás y esta situación se me antoja como darle una cerilla a un pirómano en medio de un bosque.

 Salgo de la habitación y observo que el salón sigue con las puertas abiertasy la tenue luz de una lamparilla. Entro. ¡Es una casa-viviente! Hay retratos de hijos, de la ciudad y objetos, muchos objetos por doquier. La "señá" de la casa es de las mías. Me asomo a la cocina y veo que hay un postre a medio hacer, una especie de natilla con unos kiwis pelados en un cuenco aparte. Vuelvo al salón y me percato de que no hay libros pero alguien sí está estudiando o practicando inglés. Será el hijo por la pensión. Hay una tabla de planchar al fondo y una cesta de ropa doblada.

 "¿Te imaginas viviendo aquí?".

 Reparo en la hora y me doy prisas en ducharme. El baño que me han destinado también está habitado. Reparo en un libro, anda, no hay en el salón pero alguien lee en el baño. Es un libro de autoayuda. Veo que hay gel y es de La Toja por lo que decido usarlo y voy al cuarto para coger el neceser y la ropa. Olvido la toalla como ya he contado.

 El baño está limpio y el agua muy calentita. Pero cuando estoy enjabonada vuelvo a pensar que esa situación no es normal. Algo falla, me digo. ¡Y entonces caigo en la cuenta!. Aquello tiene demasiadas similitudes: soy una chica que viaja sola como Marion Crane (sólo me parezco en eso, no guardo un fajo de billetes robados en el bolso, eh), que se hospeda en el lugar donde no estaba previsto. ¡Espera! Aquí no está Norman Bates, aún no he conocido al dueño de la pensión, que se supone que es él, ¡peor aún! ¡¡he conocido a la madre de Norman Bates!!. Una vuelta de tuerca a la versión original, no todo iba a ser un calco. Mi mente febril logra un resquicio de lucidez como para percatarme de que la puerta tiene un pestillo y con un rápido movimiento lo echo. Eso tendría que haber hecho desde el principio. Y me paso el resto del tiempo mirando fijamente la puerta. Creo que por un momento mi imaginación vio como el pomo giaraba.

 La casa se encontraba nuevamente vacía, a mi fisgoneo disponible y esta vez sí abrí el frigorífico para ver qué marcas había, qué comían, abrí cajones y encontré toda clase de medicamentos, papeles y libretas y trozos de barra de pan ¡en uno de los cajones del mueblecito de la entrada!. Había dos puertas cerradas y finalmente decidí husmear. Eran dormitorios con camas sin hacer y en el principal otro libro de autoayuda sobre la cama. 

 Cuando ya estaba lista salí a la calle. Y como ya he contado tuve que volver a la pensión porque no llevaba ni las tarjetas ni había visto el número de la casa. Llamando al porterillo, alguien me rozó el codo y di un respingo. Un hombre de pelo cano cortado hacia la frente, de facciones agradables me pregunta qué quiero, lo confundo con el marido y resulta que es el hijo. Me mira de forma socarrona por mi despiste y yo bajo la vista catalogándolo en la lista de Patxis guays.

 Por la noche, no llego muy tarde y me escabullo por el pasillo a mi habitación que está cerrada. Dentro todo está como lo dejé, es decir, desordenado y por todas partes. Ya que no estaba en una pensión opté por no preocuparme por el orden. Además esta señora no se iba a espantar.

 Por la mañana tardo en levantarme y cuando decido ponerme en pie oigo voces por el pasillo, ¡Mieda! Que no quiero que me vean en pijama. Al rato me asomo y no hay nadie ni se oye nada. Ya en la habitación tengo frío y por mucho que busque no hay ni un radiador como los que he visto en el salón. Cuando salgo para irme se asoma un hombre mayor por la puerta del salón. Le saludo y me recuerda a mi abuelo con su pijama de rayas marrones.

 Saltando por los enanos escalones y sin hacer foto salgo a la calle.

 Por la tarde está la señora en casa y le digo de pagarle la habitación. Me dice que viene en un ratillo. Cuando estoy en la ducha me dice que ya ha vuelto. Yo no le digo nada pero cuando salgo con la toalla enrrollada me la encuentro en el pasillo.

 – Estoy yo, nada más.

 Ése es el problema. Yo soy muy vergonzosa y auqnue con los años me he desinhibido no me hace gracia qe una señora por muy madre (o abuela) que pueda der mía me vea salir del baño con una toalla enrrollada. Además la mujer pretende que le pague así mismo y no tengo otra opción. Además tiene ganas de conversación y yo estaría encantada si no sufriera por si la toalla me cubre "decentemente". Me pregunta por el concierto y dice orgullosa que Mikel es de la tierra. Claro, digo yo, por eso he venido, ¿y qué, al carnaval, no?. Me dice que sí y se despide. Se va y cuando oigo el clic vuelvo a soltar otro ¡señora! Pero es que esta vez habían dejado la tele puesta. Cuando ya voy a salir vuelvo a asomarme por el salón y en la cocina. La pila de platos de su fregadero haría juego con los míos y descubro copas vacías de postre. ¿Qué sería ese postre, me pregunto intrigada, natillas de kiwi?.

 Al día siguiente me recibe el mismo marido y decido preguntarle por la cafetería que hace esquina. Me han dicho que es de la hermana de Mikel. Cuando vuelvo a la hora por la maleta está la señora limpiando el suelo pues viene una chica a la habitación. Nos despedimos dándonos las gracias mutuamente.
 p.d.: no llegué a hacer fotos de las escaleras. Aunque al final vi que el parquet se asentaba sobre cemento. Sólo era una sensación la de estar colgada en el vacío. Aunque sí está inclinada.
 p.d.d.: Lástima que en la cafetería no sirvieran tostadas. Cogí complejo de spot de la tele ("yo sin mantequilla no desayuno") pero es que no me van los croissants.
 

Una respuesta to “La no-pensión”

  1. Cesar Says:

    Qué cosas te pasan Zinquirilla! Bueno, al final una experiencia interesante la de la no-pensión. Yo también me alojé una vez en la casa de Norman Bates, pero ésta estaba en tu tierra. Ya te lo contaré algún día.

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