en comunión con mi mejor perfil

 
 Mi madre siempre creyó estar en deuda conmigo por aquello de no haber tenido un bautizo en condiciones o al menos el que tuvo mi hermana (ceremonia en la Basílica de la Macarena -in situ, dado que por entonces no se celebraban allí bautizos-, faldón y aguas de Jerez como costumbres familiares antiquísimas). Por eso celebró mi comunión, lógicamente, por todo lo alto. Es más, un par de años antes ya empezó a proyectarla y si bien, guardaba similitudes con la de mi hermana (de la que no recuerdo nada, tenía aún 3 años), la mía ofrecería una singularidad manifiesta: el vestido.

 Antes de hablar del mismo, describiré el de mi hermana y lo poco que le gustaba a mi madre. No le gustaba para mí, por aquello de congraciarme con mi destino que me impidió recibir las aguas bautismales con todo los fastos habidos y por haber.

 Mi hermana y yo hicimos la comunión mientras estudiábamos 3º de egb en las Salesianas de San Vicente. Eso sí, mi hermana la hizo en un gimnasio (bendecido y habilitado a tal efecto) y yo en el vecino Convento de San Antonio de Padua (de donde sale el Buen Fin). Ahí mi madre no tuvo nada que ver y sólo sé que el director franciscano y la directora salesiana llegaron a un acuerdo que a mí me cogió. El vestido era lo que permanecía en cada generación de niñas.

 Era un túnica en realidad. Un traje blanco con forma de túnica o de hábito, recto y liso, de tela áspera con el que podrías parecerte a cualquier discípulo de Jesús. Bueno, pongamos a San Juan como ejemplo por joven.

 Mi madre no era partidaria de que yo pareciera una mini novia y como tiene muy buen gusto ella "sólo" pretendía que yo llevara un traje de organza con jaretas. Nada más. Ni velo, ni guantes ni bordados, ni colorines, ni nada de lo que hoy se ve en el colegio. Desde principio de curso expuso la idea en las reuniones y todas las madres creyeron que se "daba aires" y las monjas tampoco entendieron el gesto de mi madre de que yo luciera linda por no tener ni una foto de mi bautizo. Las monjas conocían sobradamente el carácter firme y resolutivo de mi madre, aunque no se encontrara en la comunidad una antigua profesora suya y supongo que adoptaron un laissez faire frente a su actitud. Mientras, ella trató de convecerme de hacer la comunión yo sola, teniendo una iglesia a mi absoluta disposición. Yo me negué y por fortuna mi madre me hizo caso. A mí entonces me parecía una idea horripilante por solitaria, ¿qué era eso de hacer la comunión sin Marigracia, mi amiga del alma?. Ni por mucho que mi madre me dijera lo bonita que quedaría la iglesia (del Buen Suceso) adornada de flores y yo leyendo. Ahora se me antoja como una versión infantil de la autocoronación de Napoleón: un poco más y tomaba la forma del Sagrario y la tomaba yo misma.

 Pasaron los meses de los que recuerdo perfectamente las catequesis con Sor Aurora a quien tanto cariño tenía, el día de la renovación de la fe, el chismorreo de mis compañeras ante la idea de mi vestido revolucionario (infringí la advertencia de mi madre de que no dijera nada) y la primera confesión que a mi madre le parecería adelantadísima. También recuerdo perfectamente el día de comprar los vestidos con el entusiasmo de mi madre y mi hermana ante mi inusitado y escaso interés. Fuimos a una tienda de novias y vestidos de comunión donde está ahora el Beta de Sagasta y me hizo gracia la coquetería del probador rodeado de espejos. Mi madre me explicó que era así de primoroso para las novias y algo así además como que para mi boda iríamos allí. Afortunadamente la tienda ya no existe. El vestido era (es, está en casa) precioso y me gustó mucho. Tal como lo he descrito era de tejido de organza que le da ese tacto especial y con cuatro jaretas anchas en el cuerpo. Un lazo blanco de raso con las puntas ribeteadas en hilo y unos zapatos blancos (la túnica era con sandalias, muy a lo Jerusalén, ya digo) completaban el atuendo. El otro vestido era uno amarillo, de punto inglés con margaritas, muy bonito que mi madre quiso que estrenara la tarde de la fiesta para jugar con mis amigos y no estropear el principal. Y mi madre se compó un vestido camisero (moda ochentera, recuerden) color salmón de Guy Laroche, tan elegantón que no podía ser menos.

 La sesión de fotos, que mi madre también preparó con esmero pues estaba descontenta de las fotos de mi hermana de Garduño, la recuerdo también perfectamente en el estudio de Luis Crux. Mi madre gusta de recordar la anécdota de lo que dijo Crux al verme repeinada. Llegué al estudio con los pelos del cole y mi madre, peine y colonia Gotas de Oro en mano, me repeinó (siempre le digo que le debo las entradas a esos tirones de pelo) y cuando me vió el fotógrafo exclamó algo así como "¿Dónde está la niña!". Y acto seguido como si su vocación secreta fuera la de Rupper me peinó de nuevo.

 Se acercaba el día y las monjas me dieron a elegir entre un sábado o un domingo pero lo primero me sonaba a día de compras y lo segundo era día de misa-misa Pero finalmente no me tocó con mis amigas, que se adelantaron una semana.

 Pero lo mejor de todo aquello que estaba ocurriendo como precedentes es el día de mi elección de lectora. Ya que estoy haciendo un paralelismo con mi hermana, señalar que ella llevó unos cuadernos y libros de textos en las preces como símbolo de esfuerzo escolar. Yo quería leer por eso me emocioné tanto la tarde en que sor Aurora anunció que haría las pruebas de lectura. Aunque me extrañó que escogiera a un grupito de niñas entre las que estaban las que no leían con tanta entonación y dicción como yo tenía. Nos fueron llamando de una en una y cuando me tocó, la última, bajé corriendo al pórtico. Leí fatal, como nunca, y la monja me dijo que fuera al patio a beber pero sin correr. Cuando leí de nuevo, el puesto era mío: la lectura principal de la ceremonia, la carta de San Pablo (aunque por mí hubiera hecho la de Evangelio, jeje). Ya ven que el vestido no afectó a elegir la que leía bien, lo contrario hubiera sido un injusticia tremenda, ¿no?.

 Entre tantos preparativos, mi madre me decía, aconsejaba, aseveraba, amenzaba con que no me tocara el ojo. Pero tengo un lado masoca, qué le vamos a hacer, además de desobediente. Ya me hubiera gustado ser tan dócil como mi hermana, pero entonces no sería yo, me consuelo pensando. Y por mucho que me avisara o tal vez a fuerza de revolotear la frase en el ambiente, ocurrió: me salió un orzuelo en el ojo izquierdo. Uno más, de los muchos que me salían de chica. Pero éste a traición por la fecha (una semana antes) y antológico (de proporciones considerables).

 El día anterior fuimos todos a misa. Cosa extraña, ¿no?. Hasta me sorprendió que la lectura fuera la misma que haría yo y mi madre me hizo confesar de nuevo. Por lo visto en tres meses yo había acumulado una considerable ringlera de pecados. Eso sí, el ojo era un poema. Hinchadísimo, coloradísimo tornando ya a violáceo con el pus que no me dejaba ver bien.

 Amaneció el 19 de mayo de 1985 y mi madre me limpió el ojo con manzanilla pero apuntó la posibilidad de suspender la Comunión. Mi padre señaló que la familia de Jerez ya estaba casi en camino y yo cogí mi Nuevo Testamento y me puse a leer la carta para demostrar que podía leer perfectamente. Entre una cosa y otra llegamos al colegio con un poco de retraso y mis compañeras que compartían ese día conmigo estaban entrando en la capilla. Así que cuando yo me incorporé, todas se volvieron al unísono hacia mí. Hasta la raíz del pelo debio de ponerse roja de vergüenza viendo a mis compañeras cómo me veían. No por el ojo que ya durante la semana había sido tema, sin por el vestido. Un "¡se ha atrevido"! resonó en la sala y exclamaciones similares acompañadas de cuchicheos, codazos y más pares de ojos como platos hacia una única dirección. Por fin me hicieron las fotos delante de Mª Auxiliadora indicando yo que me las hicieran todas de perfil. De todas las de ese día, sólo la que nos hicieron a todas junto al azulejo del patio señala mi ojo traicionero.

 El convite fue en La Raza, igual que con mi hermana para que los niños pudiéramos jugar por el parque. Una originalidad que tuvo mi madre fue ponernos a todos los niños con menú especial en la mesa principal en vez de padres, abuelos, padrinos, etc. Fueron bastantes invitados y aquella fiesta quedó com la más importante que he tenido durante mi infancia y adolescencia.

 Pero era el día de mi Primera Comunión. Que es lo importante, por encima del traje, la fiesta y el ojo. Y de la lectura que hice. Aún guardo las promesas que hice, el texto que me dejó Sor Aurora y sobre todo las hermosas palabras que mi madre me dijo en la víspera al irme a dormir.

 
 
  

 

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